El
misterio de filiación vivido con tan especial
intensidad, la condujo a detectar la necesidad imperiosa
de hacerlo conocer y amar de todos los hombres. Esta
gracia especialísima se repitió una
y otra vez, en el tiempo en que Dios la preparaba
para la Obra a la que la había destinado: "Otra
vez me vi en Dios y como que me arropaba con su paternidad,
haciéndome madre, del modo más intenso,
de los infieles. Desde aquello los tuve como si se
formaran en mi hijos que no conocía; me daba
ya algo como sublime que sin producirme todavía
un dolor muy sensible, me dolían como verdaderos
hijos". En ella la acción apostólica
que emprendió brotó de esta íntima
unión con Dios en el misterio PATERNIDAD- FILIACION.
Laura en su ascensión a Dios llegó hasta
las últimas cumbres de la perfección
y el amor llegó a su plenitud: amor perfecto,
absorvente y dominante: "Mi actitud delante de
Dios es como una fusión y mis intereses son
como los suyos y unos mismos."
Laura Montoya, en su experiencia de Dios Padre-Madre,
descubrió que podía liberarse de las
normas limitantes de su tiempo e internarse en la
selva, para predicar y practicar con audacia y sencillez
el Evangelio, que vence la más sólida
rudeza y de esta manera, llevar hasta la mente de
los indígenas el mensaje de Redención,
de un Dios que nos ama con tierno corazón.
Sus
sentimientos en relación con estos hermanos
oprimidos lo manifiesta en sus escritos: "¡Para
los indios, nos dice, la vida con su séquito
de dolores no guarda ni una esperanza! Las incomodidades
de la vida, acrecentadas formidablemente por el medio
selvático y por la ignorancia de cuanto pueda
aliviar la vida humana, los va destruyendo cruelmente...
todo a su alrededor es duro, cruel y áspero".