Laura escribe: "Me parecía como que entendía la generación eterna del Verbo. ¡Aquello no era simplemente una luz! Era como un encuentro con la Paternidad Divina, como en sustancia. Me dejó tal conocimiento del misterio que me parecía verlo, y toda paternidad me parecía oscura y fantástica. Comprendí con una luz deslumbradora la adopción de los hombres y cómo entraba en la suprema paternidad de Dios... Me vi en Dios y como que me arropaba con su paternidad haciéndome madre, del modo más intenso, de los infieles... desde entonces los llamé mi llaga". "Su llaga" es un dolor por aquellos que viven sin alimento espiritual, sin sacramentos, y sobre todo, sin conocer a un Padre Dios que los ama tanto. Entonces, una extraña sensación de dolor por ellos, de deseo de hacer algo por su bien, la invadió como invaden las aguas los terrenos sedientos….. Sin dejar de pensar ingresar al Monasterio de el Carmelo, su primigenia vocación, hizo proyectos para ver cómo podría trabajar a favor de estos infieles, especialmente los indios de Antioquia.

De esta experiencia brotó su posición delante del Ser Inmenso de Dios: "Ante tanta grandeza, Dios mío, cuán bien me sienta la consideración de mi pequeñez, viéndote tan grande, ¡Dios de mi alma! Sí, en el aniquilamiento que produce tu misterio en mi espíritu, siento verdadero reposo, siento seguridad y paz".

El amor paternal-maternal de Dios se hizo fuerza irresistible y vivificante que la impulsó a trabajar por la salvación de los hombres : "Un solo dolor y una sola aspiración había en mi vida: Dios ultrajado y no conocido y mi ansia por darlo a conocer!"

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