Laura
Montoya Upegui heredera de los valores de su raza,
rompe todos los moldes preestablecidos. Posee todas
las virtudes que necesita para lanzarse como protagonista
de una historia excepcional en los anales de la historia
eclesiástica latinoamericana. Logró
superar el concepto de inferioridad y debilidad femenina,
demostrando que es posible llevar adelante obras de
gran contenido social y religioso. Creyó
en el valor de la mujer, de su trabajo, de su capacidad
para llegar al más débil y oprimido
y elevarlo a su dignidad de hombre e hijo de Dios.
Llegó a la convicción de que las mujeres
son las más indicadas para llegar como portadoras
del Evangelio, junto a los indígenas. Su feminidad
con sus notas características de ternura, perseverancia,
bondad, acogida, su modo de sentir y amar y su capacidad
"maternal" de relación puede establecer
vínculos fructíferos en su misión
evangelizadora. Se sintió madre espiritual
de los indígenas e infieles del mundo a quienes
Dios ama con corazón de madre.
Quiso mostrar con su vida la doctrina que enseñaba.
Da una respuesta efectiva a la realidad que la circundaba.
Su respuesta impactó en la sociedad porque
rompió esquemas y se encarnó en la realidad
del indio desprotegido. Su juventud fue una escuela
de sufrimiento y un proceso de formación guiada
por el Espíritu de Dios aprendió a sufrir
en silencio, a integrar la fe y la vida. Estando de
Directora de este Colegio, Monseñor Pardo Vergara
Arzobispo de Medellín, le anunció que
su vocación era la de Ana la profetiza, desde
entonces los infieles comenzaron a ser un verdadero
tormento para su alma.