Laura, que había de ser una andariega de Dios, no tuvo en su niñez y juventud habitación fija o "ciudad permanente", por decirlo con frase de san Pablo. De Amalfi pasó al pueblo de Donmatías, en donde su madre residió algunos meses, ejerciendo de maestra. De Donmatías volvió aún con su madre y sus hermanos a Medellín, pero como la pobreza seguía cortejándolos porfiadamente, hubo que colocar a los tres niños en sendas casas de parientes. A Laura, le tocó vivir en Robledo en casa de un familiar algo frío y desamorado que con su conducta contribuyó al acrisolamiento de su alma y a orientarla hacia lo eterno e inmutable. Para entrar de lleno en los planes divinos, "Dios - dice ella - comenzó a confitar mi alma con el dolor".

Este peregrinar continuo de Laura, parece un pronóstico de las correrías asombrosas de su vida misionera. De igual modo, las obras de caridad, ya entonces practicadas, anuncian lo que fueron sus días y sus actividades posteriores: un desbordamiento del alma en beneficio del prójimo, un gastarse y consumirse para la salvación de sus hermanos. Laura Montoya no nació santa, se hizo santa con la gracia de Dios y con el propio esfuerzo. Y justamente su Autobiografía palpita de humanidad. Porque ella misma declara con llaneza los manchones y los rasguños de su espíritu. Declara que en su primera confesión, hecha sin preparación, no acertó a decir unas faltas de su niñez y que ello le fue remordiendo y torturando hasta que a los once años hizo una confesión con integridad y dolor, en los ejercicios que predicó el celoso párroco de Robledo.

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