Mis
lágrimas alarmaron a mis compañeras
de viaje, que no sentían como yo el dolor de
una joya perdida ni el hálito de un amor perpetuo,
exteriorizado treinta y cinco años antes en
aquel lugar. Visité después la casa
donde nací, me refirieron las alegrías
y dolores allí pasados por mis padres. Pero
ya nada me conmovió. Todo era muerto para mí,
menos la fuente en donde Dios me dio su primer ósculo".
Con los albores de la niñez, el carácter
de Laura despuntó alegre, pero fue un despunte
nada más. Pueden mucho sobre un alma niña
la orfandad, la pobreza rayana en miseria y esos ojos
de la madre, velados frecuentemente por las lágrimas.
Para esta niña, que después fue tan
eucarística y que llegó a especializarse
en preparar niñas para el gran encuentro con
Jesús, la primera Comunión resultó
casi improvisada.
Su confesión fue precipitada, por lo cual no
halló palabras convenientes para expresar sus
pequeñas faltas. Y en cuanto a su primera Comunión,
ella nos dice en su Autobiografía con una sinceridad
y humildad que encanta: "Yo no llevé mas
preparación que una mala confesión y
una rabia mal reprimida, causada por tres cosas: la
primera porque me llevaron en ayunas. Cuando reclamé,
me hicieron repetir lo que dice Astete respecto a
las disposiciones corporales. La segunda, porque me
rezaban al oído, y eso no podía soportarlo.
Y la tercera: porque la Sagrada Hostia me supo muy
mal y me creí engañada, porque me habían
dicho que comulgar era muy sabroso y yo creía
que se referían al sabor de las especies. Sólo
se calmó mi rabia cuando me dieron el desayuno,
que fue mejor que el ordinario".