Laura
Montoya, que, digámoslo desde ahora, en no
pocos aspectos de espiritualidad y apostolado que
hoy van imponiéndose, fue una genial adelantada,
sintió y cantó muy vivamente la gracia
del bautismo.
"Dios mío, ¡qué pronto comenzaste
a mostrar predilección por esta miserable criatura
que tan ingrata te ha sido ! Aquí si que mostraste
la verdad de aquella palabra: Con caridad perpetua
te amé y por eso te atraje a mí. Por
eso te apresuraste a hacerla tuya, metiéndola
en las redes de la gracia santificante, tan luego
como estuvo libre del materno encierro. ¡Ay
! ¡Cuánto dolor me causa el pensar que
criatura tan amada no hubiera esperado a darse cuenta
de tus misericordias para ofenderte !
La fuente bautismal de la antigua Iglesia de Jericó
fue mudo testigo de mi filiación divina a los
claros resplandores del sol del medio día.
Por eso al conocerla en 1909, es decir treinta y cinco
años después, derramé un torrente
de lágrimas, dulce mezcla de amargo dolor por
mi ya perdida inocencia y del más acendrado
agradecimiento ante aquel mudo testigo del primer
beso, de aquella caridad perpetua con que me amaste,
Dios mío, desde la eternidad.
Por eso al entrar a la ciudad que me vio nacer, antes
que recorrer sus calles, antes de mirar sus edificios
y aun, antes de adoraros en tu sagrario, busqué
con ansia loca el único objeto que allí
perseguía, la sagrada pila bautismal, diciendo
dentro de mí: ¡Oh mi estola bautismal!
¡Oh mi inocencia que te fuiste! ¡Oh mi
filiación divina desfigurada!