Oh,
¿qué honor puede ser comparable al honor
de adorarte y engrandecerte con la destrucción
del propio ser por miserable que él sea? Y
como es cierto que he de morir, recibe, pues, grandeza
infinita de mi Dios, mi muerte y la destrucción
de mi ser como un prolongado hilo de humo de adoración
y de incienso que se levante de mi lecho de muerte
y de mi tumba, con la lenta destrucción de
este ser que me has dado y que delante de Ti se consume
ahora, en un amor comprimido y como estrechado por
lo temporal.
Y, qué paralelo, Dios mío. Noé
después del conflicto hecho por el diluvio,
reconoció la infinita sabiduría de Dios
levantando un altar sobre el lodazal, quizás
ya infecto de la tierra desjugada e ingrata y ofreció
un holocausto que fue de tan suave olor delante del
Señor, que le valió la promesa de Dios
de no volver a castigar la tierra con un diluvio.
Pues
he aquí que esta pobre criatura tuya, Señor
mío omnipotente, después del diluvio
de una larga vida de pecado, imperfecciones e ingratitudes,
después del diluvio de mis dolores de la tierra,
quiero que mi lecho de muerte y mi tumba sean el altar
elevado sobre la ruina de mis días temporales,
tan llenos de miserias, para en él ofrendarle
el holocausto de mi vida y que a ese altar la muerte
llegue como fuego sacro a consumir mi cuerpo, a liquidar
mis fuerzas en tu honor, a esfumar mi vida en reconocimiento
de tu soberanía, Señor mío, creador
de lo mismo que en ese altar te sacrifico .Por lo
tanto, es mi intención, Dios mío, que
cuando de cualquier manera se me anuncie que el término
de mi permanencia sobre la tierra se avecina, entregarme
al sacrificio, como el cordero degollado sobre el
altar se deja consumir por el fuego, a fin de que
el humo producido por ese cuerpo suba en suave olor
de adoración ante tu soberanía.