De las selvas remotas llegaron a Medellín las
cartas de los indios empapadas en lágrimas.
Prelados, sacerdotes y comunidades religiosas coincidieron
en glorificar a la Madre Laura como dechado de almas
apostólicas. El padre Enrique Rochereau escribía
en El Tiempo, de Bogotá: "Pocos sospechan,
quizás, que con la muerte de la Madre Laura,
se da vuelta a una de las páginas mas extraordinarias
de la historia patria". La Madre Laura quería
convertir su muerte en homenaje de adoración
a Dios. En uno de sus "Lampos" dejó
hablar así su alma:
"¡Oh
Señor omnipotente, cuya soberanía rendidamente
reconozco ! Desde el fondo de mi nada te alabo y cuánto
diera porque mis alabanzas fueran dignas de tu grandeza.
El que te alaba se engrandece, tal es tu condición.
Adorarte la nada, Dios mío, ya es convertirse
en algo. Por eso, mi omnipotente Señor, quiero
adorarte y aclamarte, alabando tu soberanía
con cuanto soy y cuanto tengo. Pero ya ves, Dios mío,
que soy nada y que mi poder es negación de
poder.
Pues entonces, ¿qué hago cuando digo
que te alabo y adoro con cuanto soy, si soy nada?
Y ¿qué hago cuando digo que te alabo
con cuanto puedo, si mi poder es pura negación
de todo poder? Nada, absolutamente ofrezco, pero engrandezco
mi nada, porque el adorarte es engrandecerse. Dígnate
pues. recibir por adelantado, ese homenaje y para
que mi rendimiento sea tal que nada quede en mí
que no sea para tu honor y gloria. Quiero que mi muerte,
es decir, la separación de mi alma y de mi
cuerpo, sea un homenaje de adoración ante tu
soberanía.