En Medellín, la vida y la jornada de la Madre
discurrían alternamente entre la oración
y el trabajo. Ya no podía salir a visitar las
casas, debido a la parálisis que le arrebató
el movimiento de los pies. Buena prueba para esta
andariega de Dios. Sentada en su silla de manos se
dedicaba al estudio y a la tarea de escribir para
sus hijas. En cada carta, la Madre les mandaba el
alma. A ratos, siempre en su silla de ruedas, iba
recorriendo los pasadizos del convento para cerciorarse
de la buena marcha de la comunidad o visitar acaso
a otra religiosa enferma. Conducida por alguna de
sus hijas, visitaba la capilla para conversar con
su Señor o asistir en profundo recogimiento
a los actos de comunidad y a los oficios divinos.
Nunca se quejó de su inmovilidad, todo lo sufrió
con paciencia y mansedumbre. Desde enero de 1949 su
salud empezó a decaer notoriamente, día
tras día. Sus fuerzas, antes inagotables, para
el trabajo intelectual, iban disminuyendo y gustaba
entonces de entretenerse en arreglar hilos y sedas
para los indios, aunque se fatigaba. Le obsesionaban
los salasacas del Ecuador. - Con estas hilitos, decía,
compraremos salasaquitas.
En semana santa de 1949, le aparecieron en las piernas
unos lamparones rojos que le causaban acerbo dolor.
A pesar de ello, asistió, en cuanto pudo, a
los divinos oficios y reunió varias veces a
la comunidad para platicarle de cosas del espíritu.
El domingo de Pascua, que fue siempre para ella día
de júbilo, lo pasó llena de decaimiento
y de tristeza. Hasta miró sin interés
la hermosa estatua del resucitado que ese año
se estrenaba. Para
aliviar el estado de las piernas hinchadas acudieron
varias médicos, entre ellos los doctores Luis
Tirado Vélez, Ignacio Vélez Escobar
y Alfonso Velásquez que emplearon tratamientos
de penicilina, pero estos resultaron inútiles.
Los médicos, a pesar de su voluntad de oro,
hubieron de confesar: ¡Sólo un milagro
puede curarla ! Y en las casas comenzaron novenas
particulares al franciscano fray Martín de
la Palma.