Pero al regresar monseñor Toro de su peregrinación
a Roma y a Tierra Santa, encontró en su despacho
una carta del señor nuncio en que le comunicaba
que la sagrada congregación no aprobaba la
reelección de la Madre Laura, entre varios
inconvenientes, por hallarse anciana y achacosa. Explicó
el caso monseñor Toro al señor Nuncio,
le expuso que la Madre Laura ya había tomado
posesión de su cargo. Contestó el señor
nuncio que la resolución por él recibida
desde Roma era anterior y por consiguiente la única
válida.
En vista de todo, la Madre reiteró su renuncia,
aunque había quiénes se la desaconsejaban,
y el señor nuncio, complacido de esta actitud,
obtuvo de la sagrada congregación de religiosos
la omisión de un nuevo capítulo general,
que hubiera resultado gravemente oneroso para la congregación
en medio de la crisis monetaria que paralizaba al
país, y la elección de la madre María
de San José, para superiora general hasta septiembre
de 1938. A pesar de explicaciones del obispo y de
la fundadora, parece que el señor Giobbe quedó
un tanto suspicaz y caviloso. Pero se le olvidaban
a su excelencia las lentitudes de los correos de esa
época y que su carta al prelado había
viajado primero a Jericó, de donde había
que comunicarla a Santa Fe, en el caso favorable de
que el pastor no estuviera ausente.
Había en su interior un conflicto angustioso.
De una parte, deseaba dejar el cargo, "para ejercitarme
en la querida obediencia siquiera un tiempecito antes
de morir"; pero, de otra parte, y mirando a lo
que estimaba el mayor provecho y la consolidación
de una obra destinada a salvar las almas, quería
seguir influyendo. Quería -dice- acabar de
dar a mis hijas lo que Dios me ha dado para ellas".
Y seguramente le dolía, que ese bien intencionado
anhelo fuese achacado a loca ambición de mando.
La Madre Laura supo mandar, cuando fue colocada sobre
el candelero, y supo obedecer, cuando le tocó
esta suerte.