De cuando en cuando, hacía sus asomaditas a
Santa Fe de Antioquia, a ver a sus hijas y llevarles
el calor de su palabra, siempre luminosa y estimulante.
Y para facilitarle su comunión de la mañana,
su media hora de cielo anticipado, alquiló
una casa en san Benito, cercana a la iglesia a donde
pasaba cuando las fuerzas se lo consentían,
a recibir a su Dios o conversar con Él. Otras
veces, un buen padre franciscano le llevaba la comunión
a la casa. Fue éste un tiempo muy lleno de
las visitaciones de Dios.
El 30 de julio de 1928, por circular fechada en santa
Fe de Antioquia, la Madre Laura de Santa Catalina,
superiora general, convocaba a las religiosas que
canónicamente podían asistir al primer
capítulo general de elecciones que se reuniría
en
dicha ciudad el 26 de diciembre. La Madre hablaba
de elección para doce años, pero luego
se vio que tal plazo era contrario al derecho y se
fijó en un sexenio. Antes de procederse a votación
y escrutinio, la Madre presentó renuncia de
su cargo y rogó se la exonerara del primer
puesto. Pero
fue reelegida por unanimidad de votos. Para confirmarla
en el cargo supremo se necesitaba la aprobación
de la Santa Sede. Por eso se encargó del gobierno
la madre asistenta María de San José,
mientras el señor Toro se dirigía al
nuncio de Su Santidad pidiéndole el favor de
solicitar de Roma la confirmación de la Madre
en el cargo de superiora general. La respuesta o tardó
o no llegó. Nada raro en los correos colombianos
de aquella época, en que un franciscano español
residente en Medellín, solicitaba humildemente
al gobierno el establecimiento de un carro de bueyes
para llevar los telegramas urgentes de Bogotá
a Medellín... Sea lo que fuere, monseñor
Toro se quedó esperando la respuesta y en vista
de todo, optó por hacer la respectiva diligencia
ante la sagrada congregación de religiosos,
en su visita ad limina.
La pidió y la consiguió sin dificultad.
Y con monseñor Afanador y Cadena, obispo de
Nueva Pamplona, envió a Madre Laura el oportuno
rescripto.